Historias de Tlajomulco – Gripe Española en Santa Anita

Las epidemias en Tlajomulco

Octavio Guevara Rubio

Tlajomulco ha sido azotado por numerosas epidemias, algunas de ellas aún se recuerdan entre la población, como la “Gripa Española”, la cual se relatará a continuación.

Tal parece que las epidemias durante el siglo XIX causaron que las iglesias que no eran ayuda de parroquia recibieran los cuerpos de otros lugares en sus camposantos.

De esta forma, el cólera morbus de 1833 causó estragos tan grandes, que los cadáveres de lugares como la hacienda de La Concepción pasaran de sepultarse en Santa Anita a San Sebastián.

La parroquia de Toluquilla comenzó a recibir a los habitantes de las haciendas de San José del Valle y Santa Cruz del Valle. Entre 1800 y 1810, según documentos del Archivo Histórico de Tlajomulco, las epidemias de viruela hicieron que el párroco de Tlajomulco tuviera a bien permitir que en los pueblos de la ribera de Cajititlán se levantaran sus propios registros y sepultura.

La gripe española de 1918 en Santa Anita

En 1918 la influenza como “Peste Española” o “Gripa Española” contagió a nivel nacional e internacional a millones de personas. Se calcula que murieron 50 millones en el mundo.

Quienes vivieron este acontecimiento, en Santa Anita, dejaron testimonio oral del suceso. Fray Luis del Refugio Palacio y Basave en su libro “Atlixtac, Nuestra Señora de Santa Anita” y el archivo del Registro Civil del pueblo también dan cuenta de ello.

El censo de 1910 indica que Santa Anita tenía mil 579 habitantes; la influenza se convirtió en una epidemia en los últimos días de octubre y se prolongó a noviembre de 1918, los días más críticos ocurrieron del 18 al 26 del mismo mes.

A la par surgieron otros problemas, los enfermos no salían a trabajar, y otros evitaban salir por miedo al contagio, en los hogares escasearon los víveres y surgió el hambre.

Los pobladores sentían angustia al no recibir ayuda de las autoridades, no llegaron los servicios médicos y medicamentos; cada casa era un hospital donde había tres o cuatro personas postrados sobre su petate.

Se tomaron algunas precauciones para evitar una mayor propagación cuando se sumaron las defunciones. Se prohibió realizar concentraciones de personas y ello implicaba atender en el molino solamente dos clientes a la vez, al igual que los demás lugares que ofrecían otros servicios o vendían algún producto.

En el santuario de Nuestra Señora de Santa Anita se solicitó a los fieles estar dispersos al ir a misa. 

El comisario Juan Partida recibió la encomienda de recoger a los fallecidos y darles sepultura, acción que realizó ayudándose con la solidaridad de algunos vecinos que preparaban lo necesario en el cementerio, mientras él con su carreta pasaba a los domicilios a recoger los cuerpos.

Salía de casa desde las 4:00 de la mañana y, para no contagiarse, utilizó un paliacate sobre boca y nariz. Pasaba por las calles preguntando casa por casa por la salud de los enfermos, al recibir malas noticias, entraba y envolvía el cuerpo en el mismo petate, amarrándolo con una cuerda; enseguida lo cargaba sobre su hombro y lo depositaba en la carreta.

Las calles eran mudos testigos del llanto de los familiares que veían partir la carreta con su sonido característico dando tumbos entre las piedras, el trotar del caballo y la fricción entre madera y el metal.

Una vez que terminaba su recorrido, se dirigía al cementerio a depositar los cuerpos en una fosa común. El presbítero don Manuel Ortiz, originario de Santa Anita, era guardián del templo de Nuestra Señora de Guadalupe, al escuchar venir la carreta, salía, hacía algunas oraciones frente a los cuerpos, esparcía agua bendita sobre ellos y les daba la bendición.

Después de agradecer al presbítero el apoyo, Juan se despedía con una reverencia y reanudaba el trayecto. No se escuchaba el doblar de las campanas para no angustiar más a la población.

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