Solidaridad para el nuevo orden social

Gabino Garay

Sin duda que esta crisis pandémica nos tiene a muchos en un serio cuestionamiento del sentido de la vida y la convivencia con los demás. Es claro que son indispensables todas las profesiones, técnicas y quehaceres para la subsistencia propia; la de los nuestros y, por ende de todos los demás, pero también es claro que urge actualizar el orden, la ley y las formas de hacerlo para que surjan mejores costumbres.

La solución que puede inspirar este nuevo orden es LA SOLIDARIDAD, que es la interdependencia entre la persona y la comunidad; el reto que subyace en el trasfondo de todos nuestros deseos es hacernos más humanos. Comentaré tres temas en orden de importancia.

Primero, la vida. Además de los buenos padres y madres, los grupos altruistas de protección civil y los ecologistas, hay un sector humano que defiende y cuida la vida; es el de aquellos que son capaces de un extremo desgaste por cuidar y salvar gente desconocida, que llega indefensa y depende en última instancia de sus cuidados y conocimientos.

Es frecuente que el personal médico aplaude y llora de alegría al rescatar a alguien de las garras de la muerte. Hace un mes la doctora Lorna Breen, jefa del departamento de urgencias en un hospital de Nueva York, se suicidó por la impotencia de no poder salvar más vidas. En estos grupos hay solidaridad.

Enseguida, el patrimonio. El sector donde confluyen empresarios y obreros tiene siempre el reto de lograr el justo reparto de las utilidades de las empresas y reducir la distancia entre ricos y pobres. Sigue siendo válido aquel principio humanista del “destino universal de los bienes”; es decir, siempre será injusta una comunidad donde unos pocos son ricos y muchos son pobres.

Urge depurar los modelos económico-políticos que han dado como resultado por un lado empresarios, políticos y líderes sindicales ricos y poderosos ante una gran cantidad de pobres; y por otro lado, hay también dictaduras opresoras disfrazadas de socialistas, con caudillos enriquecidos y sus pueblos convertidos en “hegemonías democráticas”, dominadas y controladas por estructuras burocráticas monstruosas.

En ningún modelo de éstos hay solidaridad; ésta se obtiene con gobiernos armonizadores de los intereses individuales, con orden interno, con firme identidad, unidad nacional y vida democrática (tareas difíciles); con capacidad de interactuar con la comunidad internacional y abonar a la solidaridad global.

Y finalmente la administración de los bienes públicos: toda función o servicio público busca naturalmente la solidaridad, satisfacer el interés de la comunidad, y el anhelado INTERÉS NACIONAL.

Es en ese sentido, cuando la corrupción y las diferentes formas de anteponer el interés propio al interés común son la peor contradicción, pues destruyen de raíz lo que por obligación se debe construir.

En este sector está el verdadero demonio del mal, que debe ser vigilado constantemente por la sociedad civil organizada contra la corrupción, y por los buenos medios de comunicación.

Frase:

“Urge actualizar el orden, la ley y las formas de hacerlo para que surjan mejores costumbres en la sociedad. La solución es la solidaridad, que es la interdependencia entre persona y comunidad”.

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