Cuando Flaviano Ramos intentó agredir la Cofradía

Un pueblo que se hace respetar

Octavio Guevara Rubio

Siempre que estudio el pasado de Tlajomulco, estimado lector, no puedo evitar sentir emoción, inspiración, alegría, sentimiento de llorar ante la grandeza de lo que aún sobrevive a la destrucción.

¿Qué hace grande a Tlajomulco, si no es su gente? Nuestro suelo ha sido construido con el esfuerzo de nuestros antepasados, acompañado de fatigas, sudor, sangre y la gloriosa muerte, dejando de lado intereses personales y viendo por la comunidad.

 Ahí es donde nace el amor por Tlajomulco, el arraigo como fruto del trabajo y señal de respeto a esos constructores, pobres, tal vez, pero grandes por lo que nos han dado.

Esto es una realidad observable en uno de nuestros patrimonios: la Cofradía de la Purísima Concepción, en su Templo del Hospital.

Los evangelizadores del siglo XVI trataban de unir cristianamente a los indígenas a través de las cofradías. El pueblo de Tlajomulco supo fusionar su legado prehispánico e hispánico en esta institución, dando paso a una auténtica casta valiente.

La Cofradía es el escudo de un guerrero: protege la unión, la defensa de lo más sagrado (la libertad del pensamiento), el cobijo de los más débiles, la expresión de sus sentimientos, el amor a Dios.

Cuando los intereses de unos cuantos deciden imponerse al bienestar común, la comunidad se ve en peligro de desaparecer. Eso comprendieron los tlajomulquenses cuando el padre Flaviano Ramos decidió agredir su organización en torno a la figura de dicha cofradía.

Más de 360 padres de familia manifestaron al Arzobispo de Guadalajara su preocupación y denuncias el 16 de marzo de 1937, “para que los tome en cuenta y vea a conciencia, si es justo todo lo que este Tlajomulco está sufriendo con el señor cura Ramos”. Dejaban en claro que en su pueblo no hay desunión, cuando se agrede su forma de vivir, manifestando que la base de todo gobierno reside en el pueblo.

Decían los manifestantes que el cura los acusaba de idolatría, pero que éste prefería ir a cobrar dinero a los hombres en lugar de atender las necesidades espirituales de los fieles; que les destruyó parte de las instalaciones de su hospital, donde se atendían a los enfermos y daban posada a pobres y pasajeros; que hacía boicot a los músicos que tocaban en el templo, quitando el ingreso económico a sus familias; que si había “judea”, él cerraría los templos y no habría Semana Santa.

La autoridad está para servir al pueblo, no para servirse:

“Dios nuestro Señor no fue vengativo, ¿por qué él [el cura] se venga así con nosotros? Si así lo quiere el cura, pedimos se nos ponga mejor, como la otra vez, uno nuevo porque éste se ve que ya no es cura ni es nada, porque nos quiere quitar nuestra creencia”.

No había temor en sus palabras y así lograron respeto. Sin lugar a dudas, nos dejan grandes enseñanzas inmutables: defender la libertad de nuestros ideales.

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