Los panteones de Tlajomulco (Parte I)

Mtro. Octavio Guevara Rubio

Hasta la creación constitucional del estado de Jalisco, las soluciones funerarias corrieron a cargo de las autoridades eclesiásticas, quienes resolvieron la demanda funeraria, aumentada por las necesidades de los pobres recién llegados -los extranjeros de creencias no católicas y los excomulgados por diversas causas, inclusive políticas- mediante la medida indigna de remitirlos a fosas comunes.

Mientras el Estado, aún invocando el derecho moral de esos excluidos, sobre todo para el caso de los pobres, propuso la creación de cementerios civiles con sepulturas individuales que, arquitectónicamente hablando, contribuyeron a darles a estos recintos una extensión mucho mayor (Aries, 1999: 428).

No obstante que en los panteones civiles se canceló la selección moral que impuso la Iglesia multisecularmente, en estos recintos se resaltaron las diferencias sociales. La exclusión más tajante se demostró en la organización de los panteones en dos patios: “el de los pobres” y “el de dignidad”.

En la subsiguiente organización de cada patio en diferentes secciones que reprodujeron los tramos o categorías preexistentes en las iglesias, y todavía se subrayaron las diferencias entre estas mediante muros, canceles o por lo menos cortinas compuestas de árboles, que agruparon a los semejantes y preservaron las diferencias entre grupos sociales hasta en la muerte.

En opinión de las autoridades contemporáneas, la conquista de la sepultura individual y de la administración de los cementerios por cuenta de la autoridad civil fueron las ventajas que se ofrecieron al pobre como consecuencia del movimiento de Reforma, y sólo la secularización de los cementerios puso fin a la especulación eclesiástica (Méndez, 2008: 272).

El 29 de octubre de 1896 salió un decreto, en tiempos del gobernador Mariano Escobedo. En su artículo Segundo dice: “El primer cadáver que se inhume en el terreno tomado para este fin, no causará derechos de inhumación”.

I. Época virreinal

Pasamos del rito funerario prehispánico al modelo cristiano de sepultura. En el caso de Tlajomulco podemos mencionar que, conforme al libro de entierros de la parroquia de San Antonio de Padua, se llevaron los primeros registros en 1555 que mencionan que los entierros se realizaban en el atrio del templo parroquial y en el osario que se encontraba en el templo de Hospital.

En el resto de las poblaciones que comprendía el antiguo curato de Tlajomulco se tenía dos ayudas de parroquia fijas: Santa Anita y Cajititlán, por lo que los registros de defunciones de los pueblos cercanos quedaron  en los libros de dichas iglesias, aunque los cadáveres se sepultaban en los mismos pueblos, salvo las haciendas y rancherías.

Por lo que, durante la época colonial, los cuerpos de las haciendas de La Concepción, San José, Santa Cruz, San Nicolás, además de las rancherías; y de los pueblos San Sebastián y San Agustín se enterraron en el campo santo de Santa Anita.

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