Hoja por Hoja – Trump piensa igual que los mexicanos

A Trump y al mexicano promedio sólo los diferencia la hipocresía

El caso de los migrantes

Maggie Urzúa

El Presidente de los Estados Unidos representa a la perfección los ideales de un amplio sector de la población mexicana, a excepción de un elemento: Donald Trump es un hombre sincero, mientras un compatriota promedio siempre se cubrirá con el velo de la hipocresía.

La coincidencia se manifiesta con los inmigrantes que llegan a través de las fronteras sureñas. Trump –e históricamente todo el sistema de seguridad en los Estados Unidos– reprime con saña a quien intente cruzar la línea para ingresar al país sin documentos legales.

La Guardia Nacional está copiando el modelo de la “Border Patrol” estadounidense y ha violentado las caravanas de centroamericanos.

A los inmigrantes les duele menos la drasticidad de las policías que la discriminación social. Donald Trump precisamente basó su triunfo electoral en las arengas contra los mexicanos, denigrando su conducta y cultura.

En México de inmediato apareció la indignación injustificada: ven la paja en el ojo de los estadounidenses, mientras la viga de madera en sus miradas está destrozando la percepción sobre los hermanos hondureños, salvadoreños y hasta los connacionales.

“La Bestia” ha desnudado el racismo nacional. Todo inmigrante que toma por error otro tren y se queda en una localidad como Tlajomulco, sufrirá la condena social.

Qué fácil es generalizarlos como personas “conflictivas”; son “flojos” porque piden limosna, son “drogadictos”, son “violentos”, son “rateros” y a ellos se debe el incremento en los delitos… justo esos mismos descalificativos usó contra los inmigrantes el presidente número 45 de los Estados Unidos, por eso promete un muro protector.

En la edición 978 de este semanario, el columnista Aquiles Vaca relató el encuentro del sacerdote Alejandro Solalinde con el empresario Enrique Michel. Su objetivo: conseguir apoyo para construir un albergue cerca de las vías del tren que atraviesan Tlajomulco. El pronóstico es muy claro: fracasará el proyecto del padre pues sociedad y clase económica desprecian a los centroamericanos. Quieren que se vayan.

Pero en nuestro país vamos más allá y también se minimiza a los propios compatriotas.

Otra muestra ocurre en Ciudad Guzmán, comunidad al sur de Jalisco donde “florece” la agricultura dedicada al aguacate y las berries. Esta actividad económica detonó un flujo masivo de jornaleros desde entidades como Chiapas, Guerrero o Oaxaca.

La diversidad cultural de México causa entre los jaliscienses expresiones de desdén como “los oaxaquitas” o “los indios”. Se siente aversión por sus usos y costumbres, tachados a menudo como “poco civilizados”. Se les tilda de ser violentos, de causar riñas con heridos cada fin de semana, de ser “viciosos” y un largo etcétera.

También aparece un sentido natural de la invasión, cuando se expresan en sus lenguas nativas dentro un territorio con predominio del español. Cuánta simpatía existe ahora con los “gringos” que tanto se quejan por los hispanos que hablan en su idioma y comienzan a desplazar el inglés.

La próxima vez que usted intente criticar a Trump, medite unos segundos si no se está mordiendo la lengua. Si le gusta discriminar migrantes, le dará el derecho a los norteamericanos de pisotear a los mexicanos. Pero si quiere justicia para sus paisanos, entonces es mejor que cierre la boca, se guarde sus prejuicios y comience a tolerar a centroamericanos, chiapanecos o oaxaqueños.

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